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viernes, 27 de abril de 2018

Cortijeros de La Contraviesa: una visión costumbrista de finales del XIX

Germán Acosta Estévez


Como muestra, un par de botones:
De La Contraviesa hablaba Antonio Moreno en 1567 en los siguientes términos:”…hay una loma en lo más alto que es traviesa de toda la comarca, a donde las veces que los moros vienen a hacer daño en esta costa y entran en La Alpujarra, es por allí su camino…”
Y así se les informaba a los párrocos que podían recalar en aquellos lares allá por 1807:
“Paralela a la Nevada, y separada de ella por el rio de Cádiar, que al juntarse con el de Trevélez muda su nombre en el de rio grande, por la rambla de Repení, y por el rio de Yator corre la sierra de La Contraviesa, que parece se formó de propósito para el cultivo de la vid pues a excepción de algunos cortos trechos donde está coronada por la caliza, no se manifiesta en toda ella otra roca que la pizarra arcillosa. Por su extremo occidental se encadena con la sierra de Luxar; por el oriental lame sus faldas el rio de Adra que la separa de las sierras de Gádor y Alhamilla. No lejos de estos dos puntos se elevan el cerro de Salchicha y el Cerrajón de Murtas. La uniformidad y nivel que guarda entre los dos cerros la cuerda principal, contrasta de un modo muy gracioso con su figura cónica, y da a la Contraviesa un aspecto particular [...] Por el lado del norte es rápida la pendiente de esta sierra, y por lo mismo poco profundos generalmente los barrancos que la cortan; pero por el del mediodía se prolongan sus lomas hasta meterse algunas dentro del mar, y son muy considerables y más húmedos los barrancos que las separan. En la inmediación de estos se hallan casi todos los pueblos (Albuñol, Sorvilán con sus anexos Polopos y Alfornón, Rubite, Fregenite, Olías, Adra, Guaínos, La Alquería, Murtas, Turón, Jorairátar, Cojáyar, Mecina Tedel, Torvizcón, Alcázar y Los Bargises, los cortijos del Trebolar y otros). Además tienen parte en la Contraviesa Cádiar, Cástaras, Timar y Lobras, pueblos de Sierra nevada que labran en la Sierra, y cuya subsistencia pende principalmente del cultivo de la vid, siendo muy pocos los que tienen algún regadío (Adra y Albuñol) o saben apreciar bastante al almendro (Turón, Cojáyar, Murtas y Adra) y la higuera, y no muy apto el terreno para siembras de granos.

                            Foto: M. Estévez
Por su feracidad para la vid es esta sierrezuela una de las más útiles que tiene Andalucía. Su población, que es ya considerable, deberá haberse multiplicado mucho quando esté plantada de vides y almendros toda su parte inculta, época feliz que coincidirá con aquella en que se prefiera el Ximénez á qualquier otro vidueño, al menos para los vinos que no deban convertirse en aguardiente, y en que el comercio exterior asegure a los dos licores una exportación ventajosa. (Por no tener ninguna y no permitirse llevarlos al mercado de Granada, se han vendido en este año los vinos de la Contraviesa al miserable precio de dos y tres reates. No se hallaba en el pasado (1805) quien quisiera recoger la cosecha de otro quedándose él con la mitad). El genio de los naturales para el cultivo de la vid no puede ser más decidido. Para ellos es casi indiferente que el terreno sea un llano, una pendiente suave o que se acerque mucho a la vertical; que sea de roca viva, o de escombros movedizos. En esta parte de ningún modo ceden a los malagueños, pero les falta su instrucción y sobre todo su puerto.
La obrada, (Una obrada son mil cepas. Se plantan estas en la Contraviesa a la distancia de siete pies) de viña da en Torvizcón de quarenta a cincuenta arrobas de mosto. En Adra da ochenta arrobas, aunque hay alguna en que se ha llegado a coger hasta ciento y cincuenta. El vino de Adra da el tercio de su peso de aguardiente común, y casi el quinto del que llaman perla: el de Torvizcón es algo menos rico en espíritu.     
En la Contraviesa y otras partes a las variedades que cultivan por gusto o casualidad, para comer o conservarlas hechas pasas (no para vinos), y que suelen poner aparte en un sitio llamado por los malagueños botica. En  todas o casi  todas las provincias de España se cultiva algún vidueño con el  nombre de Jaén o Jaén blanco, y  en muchas partes, como en la Alpujarra, La Contraviesa,  […] es el único o él  principal de que hacen vino. Pero no es en todas una misma variedad la que conocen con dicha  denominación. El Jaén de Granada, Motril, Las Alpujarras, La Contraviesa y Baza difiere  del de Sanlúcar por su hoja más grande y verde […]
En la Alpujarra y Contraviesa no tiene crédito el Ximénez para hacer aguardientes, y suponen todos que el Jaén le lleva mucha ventaja. Se aprecia sobre todas para vino en Torvizcón, Alfornón y otros pueblos de la Contraviesa. Pero como en esta Sierra se cultiva la vid principalmente para hacer aguardiente y se cree que el Ximénez da muy poco, miran ya a esta planta con mucho menos interés que al Jaén. Así el imperio del Ximénez que comienza muy cerca de la raya de Portugal, o más a poniente todavía, acaba casi en la loma de Jolúcar sin haber decaído na-da de su excelencia ni perdido ninguno de sus caracteres. En Adra solo se coge de vino Ximénez unas 400 arrobas, cuyo valor es siempre respecto del común como diez a uno En Turón son rarísimas las cepas de este vidueño. En Dalias y Somontín apenas hay ya una de él [...]
A esta variedad creo que deba referirse el Vigiriego que he visto en varios pueblos de La Alpujarra y acaso también el que cultivan con el mismo
nombre en Torvizcón y otros pueblos de la Contraviesa”.

La Contraviesa, esa hermana menor, menos espigada y resultona, en la que los pretendientes y rondadores de mozas apenas se fijan. No miran en su interior para descubrir la diversidad que conforma la singularidad de la comarca alpujarreña. Quizás los buscadores de imágenes y estampas inmortales deberían acercarse una tarde otoñal cualquiera para ver la riqueza y el contraste de colores que les ofrece su paleta con los pámpanos de las vides, las hojas de almendros, higueras, álamos o serbales, el azafrán florido en los ribazos y caminos; y, frente a ella, la inmensidad azul del Mediterráneo que la acaricia con su brisa y  la acicala con el salitre. Que prueben unos jureles escalaos asados en las ascuas de los sarmientos; que se sienten con los naturales en el templo de la bodega y departan con sus gentes de sus cosas, para valorar lo que es el duro trabajo y la sabiduría que da esta tierra.

Pues bien, a finales de agosto de 1899, un tal Juan Rivas remitía desde Albuñol un escrito sobre los moradores de La Contraviesa, bajo el título de Tipos de la Costa Alpujarreña. El cortijero. Se trata de una visión con tintes romántico-costumbristas, a la que hemos añadido ciertos comentarios entre paréntesis que hemos creído pertinentes, pero que nos proporciona datos e informaciones válidos para el conocimiento de estas gentes y su vida cotidiana a finales del XIX, y por eso lo transcribimos de forma íntegra:
“Los cortijeros de los lugares costeros alpujarreños, o sean los que habitan los términos municipales de los pueblos comprendidos desde la vertiente meridional de La Contraviesa hasta el Mediterráneo, descienden de los gallegos, leoneses, castellanos y extremeños, que vinieron a repoblar el país, cuando la expulsión de los moriscos. (Olvida o desconoce nuestro ínclito paisano que la mayoría de los repobladores, más en esta zona, procedían de otras tierras andaluzas, el propio Reino de Granada e incluso de localidades de la costa granadina, o de la misma Alpujarra llegaron más adelante colonos a estas tierras de señorío).

Por atavismo, poseen, mezcladas, las cualidades de los habitantes de esos reinos, sus defectos y condiciones de carácter, sus instintos e inclinaciones.
A pesar de su indiscutible abolengo, y sin saber por qué, trascienden a moriscos, y hasta hace poco tiempo, no han abandonado el amplio  Zaragüel, la anchísima faja y pañuelo de la cabeza, trasunto del turbante.(Difícil de imaginar a aquellas gentes realizar sus tareas cotidianas con zarigüelles, marlotas y almalafas ; más crible resulta lo del pañuelo, pues hasta hace poco se ha seguido usando en algunas labores como la parva, a veces sujeto con una cobertura mayor para sus cabezas como es un sombrero de alas amplias al que ellos denominan rempuja.

Su acento no es andalúz; es más bién el término medio del de la pronunciación castellana y extremeña. Hacen perfecta distinción entre la /Z/ y la /S/, entre la /B/ y la /V/ consonantes. Pero por otro misterio, inexplicable  en descendientes de León y Castilla convierten nuestra h en verdadera hanza árabe, diciendo siempre jacha, jigo, jorno, jachuela, joz, jocino, etc. (No vamos a negar que en algunos lugares exite una perfecta distinción entre S/Z, pero en la mayoría de los núcleos de población aislados de esta zona se da la confusión y, por tanto, el ceceo es manifiesto. Resulta difícil asimilar que este fenómeno lingüístico haya evolucionado a la inversa desde finales del XIX hasta nuestros días. Posiblemente fuera viernes cuando yo asistí a clase sobre las variedades diatópicas, diastráticas y diafásicas del lenguaje y no entendiese bien: tendré que tomar lecciones de nuevo de Dialectología o habrá que revisar el mapa de isoglosas de La Alpujarra para no contradecir al señor Rivas).
Hasta la manera de edificar sus habitaciones, agrupadas, y rodearlas de ciertas plantas, copian a los moros, de tal manera que una cortijada, es retrato fiel de una kabila del Rif. Casas de un solo piso, de piedra y barro, con terrados de launa, ventanas muy pequeñas, que sólo merecen el nombre de ventanillos, y puertas bajas, rodeadas de cactus e higueras.

En dos generaciones se forma una cortijada, que toma el nombre del fundador, como sucedió con Ben-Isidel, Ben-Iscar, Frajana y otras del territorio amacirga de allende.
Los Cózares, Los Ortices, Los Cayetanos, Perálvarez, Los Rivas, Los Antones, y otros muchos fueron cortijos construidos primero por uno que llevaba esos apellidos, siendo el fundador, el patriarca, el padre de la futura cortijada. Luego los hijos, después los nietos, cual colonia de golondrinas, fueron agrupando sus nidos alrededor del abuelo, al azar, en primitivo desorden, con la misma arquitectura, con idénticos materiales, y con las obligadas chumbas e higueras. Pero conservando siempre­­ ­– como venerado recuerdo- el nombre del Rómulo, de quien brotó la cortijada.

Las puertas de esas moradas se abren hacia el Oriente o al Medidía, nunca al Norte u Occidente. La casa se compone, primero de la cocina, donde se asientan el amplio hogar, los basares y cantareras, y que no recibe otra luz que la de la puerta de entrada. Luego la alcoba, o cuarto de dormir, como ellos llaman, porque en él se acuestan, confundidos, casi todos los individuos de la familia; y después, en último término, el cuarto despensa, que así lo apellidan, y que no es otra cosa que la verdadera colmena del cortijero, oculta a toda mirada profana. Allí conserva el grano, la harina, jamones, el tocino, los higos, el aceite, las ropas, las arcas y hasta los aperos de labranza, en regular uso, y las herramientas de labor, todo confundido y revuelto. Esa cámara es el Sancta Sanctorum del cortijero, y aunque es por naturaleza hospitalario, , os recibirá bien en su casa, os obsequiará con lo que tenga, os lo enseñará todo, menos ese misterioso asilo del producto de su trabajo y ahorros, que constituye para él un sagrado tesoro. Y si alguno intenta, indiscreto, traspasar sus umbrales, riñe con él y le niega su amistad y confianza.
A parte de esa distribución doméstica, el cortijero se limita a construir, al exterior, un tinado o zahúrda para el cerdo y un cobertizo, sin pretensiones, para la borrica, su compañera inseparable, y sin la cual no hay diez en toda la comarca que pueda vivir. Bien es verdad que todo parecen, menos burras; y si habían de cotizarse en algún mercado o feria, puede que el más apasionado por tan paciente animal, no se atreviera a ofrecer por la mejor, arriba de cinco pesetas.
El corral es generosamente desconocido entre los cortijeros, aunque haya honrosas excepciones. Las gallinas andan libres, y en comunidad, en el día por los ejidos de la cortijada, y llegada la noche, duermen, en compañía del gato, subidas en la rama, en forma de horquilla, que es el gallinero admitido por la moda, al lado del rescoldo de la chimenea, en invierno, o en las chumbas, en el verano.
Son en extremo aficionados a la música, y no hay cortijo donde no veáis una guitarra, o por lo menos un guitarrillo, aunque sea con dos cuerdas, un violín, unos platillos, unas castañuelas, o unas carrañacas. Gustan mucho de las parrandas, bailes y fiestas, y celebran sus bodas a la morisca, con acompañamiento, corrida de pólvora, y concierto instrumental; y cuando son pudientes, arrojan trigo en abundancia sobre el cortejo nupcial.
Su sobriedad es proverbial. Por la mañana, las migas de harina de maíz –el alcuzcuz cristiano, como ellos nombran- con la engañifa de ajos, rábanos, cebollas, o pescado seco, cuando repican recio; al medio día un puñado de higos secos, con algún cuscurro de pan moreno; y a la noche la olla, o el potaje. Ninguno bebe vino. (Digo yo que sería por ese estoicismo derivado de su situación de miseria tras el ataque del dichoso hemíptero a las vides, porque, si de algo gustan estas gentes, es de echar unos vasillos en la bodega con su gente o cualquier comprador que se tercie o se presente por el cortijo de improviso). Y cuando antes de destruir la filoxera estos viñedos, que eran el encanto y la única riqueza de esta infeliz comarca, todos ellos recogían en abundancia el néctar delicioso que producían las nunca bastante lloradas cepas, jamás se veía un borracho entre estas morigeradas gentes. Hoy ya pecan algo; pero no es la causa del pecado el licor que nos legó nuestro segundo padre Noé, sino el mortífero y nauseabundo amílico, que como la muerte ha invadido, desde el palacio del poderoso, hasta la cabaña del pobre.

Es honrado, probo y trabajador incansable; en su economía, llega hasta a ser en algunas ocasiones tacaño, sobre todo para él y los suyos, pero no para sus amigos y huéspedes.
Su sutileza y socarronería, rayan a gran altura y es un ladino de cuerpo entero. Es dificilísimo, si no imposible, engañarle, porque como es desconfiado en demasía, siempre está prevenido -y preparado a todo evento,- cuando departe con cualquiera.
Para probar esta afirmación- y entre otros muchos que pudiera exponer- contaré sólo un caso. En una ocasión vino a este Pueblo (Albuñol) uno de la cortijada de los Olivencias, a tomar parecer de un letrado. Este le dijo, que le manifestara el objeto de la consulta, y el cortijero- muy grave, formal y serio le contó el caso de esta manera: Ha de saber usted, D. José, que le he variado un mojón a mi vecino José Peralta, que es lindero en una finca de mi propiedad, que antes venía recto y en línea, con `tos´ los demás, pero  que ya no me `jace´ clase, ni me guarda cuenta el que siguiera en aquella dirección, porque, al cambiarlo me deja dentro de mi `jacienda ´dos almendrillos; y lo cual que los puso mi padre y por más que le vendió la finca a mi contrario, les he `cobrao´ cariño; y dice el tal que me va a sentar una querella por la `muanza´ del mojón. 
-¿Y no es nada más que eso?- preguntó el letrado.
-Nada más.
-Pues tienes perdida la cuestión.
El cortijero, riendo a mandíbula batiente, replicó: -Pues no la tengo perdida, Don José.
-¿Y cómo no?- objetó el abogado.
-Toma que toma,- dijo el cortijero,-porque mi contrario no es él, que soy yo.
El muy ladino, temiendo que por afecciones políticas o amistad personal pudiera el abogado emitirle un dictamen contrario a derecho y tendiese a favorecer a su antagonista, fingió ser él mismo el autor de la variante del mojón, para coger en un renuncio al consultado.
¡Es el colmo de la malicia y suspicacia!
Como son tan laboriosos, (en esto no hay discusión que valga) pasan la semana entera trabajando, y el domingo lo dedican por entero a bajar al pueblo a despachar sus negocios. En ese día tiemblan los abogados, notarios, jueces municipales y caciques y alcaldes, porque los cortijeros, sin reparar en la hora, llaman a todas las puertas, penetran en todas las oficinas y dependencias, y con paciente perseverancia y cachazuda tenacidad no abandonan la plaza hasta que por su fuerza se parlamenta con ellos y se contesta- de bueno o mal talante- a sus congruentes o incongruentes preguntas. En algunos casos- si no en todos- son más pesados que una maza de Fraga.
Pero todo se les puede perdonar en gracia de su honradez, fidelidad y otras muchas buenas prendas de que están dotados.

Son celosos cumplidores de su palabra. Formales en sus tratos y respetuosos al principio de autoridad. El caciquismo, por más que otra cosa se crea, no influye nada en su resuelto e independiente ánimo para la libre emisión del voto. Van a las urnas, es verdad, casi sin conciencia de si conviene o no votar a éste u otro candidato, pero lo hacen, sin venderse y únicamente por afecto o simpatía a D. Fulano o D. Zutano, que solicitan su sufragio. (Resulta llamativa la candidez del autor sobre este asunto, pues en una situación tal, estos labriegos dependen más que nunca para su subsistencia de los fondos liberados para la construcción de la carretera Tablate-Albuñol, y eso pasaba por la sumisión. Y para recordárselo de una forma u otra, allí estaban los acólitos, secuaces y cagarraches del cacique local o comarcal, quienes se iban a encargar de recomendarle al cortijero y convecinos el candidato, cunero o encasillado, que tenía que ser elegido. De violencia, manipulaciones y pucherazos electorales los cortijeros y vecinos de Sorvilán o de otros pueblos de la zona podrían haber escrito un libro al respecto).
Desde que la filoxera destruyó las viñas están pasando por las horcas caudinas, luchando con el resultado negativo que ofrecen las vides americanas, con la sequía, la poca fertilidad de esta tierra y la falta de trabajo, los más de ellos se aburrieron y cansaron de tan desigual batalla y emigraron a extraños países. Los que quedan siguen en la brecha, pero con mengua de sus estómagos y pasando mil penalidades. Hay muchos que no prueban el pan meses enteros, alimentándose de algunas legumbres, hinojos (este sí que merecería ser denominado plato alpujarreño) y otras hierbas cocidas y aderezadas con muy poco aceite y acostándose al anochecer por no tener con qué alimentar el candil ni con qué calentar el hogar. En el vestir sufren también las consecuencias de su escasez, y gracias que la benignidad del clima les permite ir siempre con poca ropa y mal trajeados.

No obstante, esa carencia de medios materiales, que en otras partes induce al hombre- impulsado por el hambre- a la comisión de delitos penados por la ley, la criminalidad es, por fortuna, tan escasa, que en este Partido Judicial no llegan a ciento las causas que conoce el Juzgado de Instrucción. (Tampoco esta zona es la Arcadia de Sannazaro con su locus amoenus, en el que todo discurriera tranquilo: problemas de lindes, discusiones insustanciales, apropiación de lo ajeno, la misma falta de instrucción, derivan a veces en brotes de violencia y crímenes que salpican las páginas de la prensa provincial y nacional. Quizás este porcentaje del que habla Juan Rivas se nos antoja maquillado y con afeites, al no tener en consideración que ya Albuñol no cuenta con la Audiencia de lo Criminal, y los delitos más espinosos no se juzgan en sus salas).
Si no estuvieran agobiados por múltiples cargas, podrían irse rehabilitando, aunque de manera lenta y trabajosa. Pero como no hay ni remota esperanza de  que venga ese alivio, los pobres cortijeros seguirán siendo- como todos los demás- el pellejo de aceite de los Ministros de Hacienda, hasta que apurada la última gota de aquel líquido y cargados de gases deletéreos, estallen con horrible estampido, arrasando cuanto se oponga a su omnipotente fuerza expansiva”.
Tal vez va siendo hora de mirar a esta gallarda moza alpujarreña con otros ojos. Porque la hermana pequeña ya ha crecido y ahora hasta tiene su aquel; ella es una mujer con dos amantes prendidos de su talle: el mar y la sierra, que andan locos por sus huesos, aunque ninguno quiere que el otro le ronde sus calles. Ladrones del amor, que por tinaos, esquinas, terraos y azoteas la requiebran: ¡y esa novia pela la pava con los dos! Y a los dos los enamora, con sus hechuras, perdidamente los enamora.
Uno, marengo ladino, con su jábega, me la invita entre las olas con guajiras y milongas para declararle su amor delirante y me la vuelve medio loca...Carraspea ahora el otro, serreño  trovero desafiante, para echar a su oponente, mientras que a ella la embauca con repentinas quintillas de arrope y meloja....Y se pelean los dos, por amor; por su novia estos dos canallas se me pelean: que son la sierra y el mar dos hombres que a Contraviesa cortejan...
La está arullando la mar y a la sierra le da celos: en cualquier omento uno de ellos va a saltar sobre el otro. ¡Ay!, que son de amores estos duelos. Pero Contraviesa los quiere a los dos: cosas de la vida, pues la niña está que bebe los vientos por sus dos galanes.

miércoles, 21 de marzo de 2018

AL SUR DE SIERRA NEVADA

La Alpujarra


Precisa definición de los límites de La Alpujarra.
por
 Francisco Alcázar.



Esta Revista, que con tanto acierto como ilusión mantienen viva algunos paisanos, nos invita a opinar sobre los límites de la Alpujarra. Se supone que todos tenemos una idea de dónde comienza o dónde termina nuestra comarca; bueno, más o menos. Cuando hay que concretar surge la duda. De ahí la pertinencia de la pregunta.

Lo que sí sabemos es que todo en esta vida tiene un límite; hasta la provincia de Badajoz decía Jardiel Poncela. Albert Einstein llegó a la conclusión de que sólo existen dos realidades infinitas, sin límites: el Universo y la estupidez humana, y parece que sólo aplicaba sin reservas esta opinión a la última. (Supongo que no todo lo que se le atribuye al genial científico será suyo, en cuyo caso no hubiera tenido tiempo de formular la Teoría de la Relatividad).
Pero volvamos a lo nuestro. De la lectura de algunos tratados, se llega a la conclusión de que la palabra Alpujarra es un topónimo de origen árabe, con variadas interpretaciones, o tal vez ibérico. O sea, que no se llega a ninguna conclusión. Todo conjeturas. Tampoco están claramente marcados sus límites que, por la propia definición del vocablo comarca, no se precisan.
En mi infancia participé en un trabajo escolar sobre la Alpujarra, mapa incluido, para un concurso que patrocinaba el casino del pueblo, Cádiar. No sé qué libros y atlas consultamos. Entonces no podíamos sospechar que estaba cercana la avasalladora irrupción del homo internéticus. De aquel trabajo primerizo recuerdo dos cosas. Primera, que la costa alpujarreña se extendía desde el Cabo Sacratif, a la salida de Torrenueva (Motril), hasta Punta Entinas, pasada la urbanización de Almerimar (El Ejido). Y segunda, que no hubo ganadores: se repartió el premio entre las tres escuelas de niños para intentar contentar a los maestros.
Al final de la época musulmana la Alpujarra se dividía en tahás, cuyo número e incluso denominación difiere según el autor que se consulte. De un mapa elaborado por P. Cressier tomo esta relación: Órgiva, Poqueira, Ferreira, Jubiles, Ugíjar, Andarax, Lúchar, Marchena y Alboloduy en la falda de Sierra Nevada; Suhayl, Cehel, Berja, Dalías y Almejíjar con salida al mar Mediterráneo; en total 14. Posteriormente, año 1833, como consecuencia de la reorganización territorial del Reino de España en provincias, la Alpujarra quedó repartida en dos zonas, la granadina y la almeriense.
Esta tierra abrupta, de llamativos contrastes, poblada de vericuetos y rincones acogedores, se extiende rectangularmente de Levante a Poniente. Dos accidentes naturales la dibujan: las cumbres de Sierra Nevada al norte y la costa del Mediterráneo al sur. Los flancos extremos muestran un perfil menos definido, ambos con un itinerario similar. El occidental baja de la Sierra por Lanjarón (puente de Tablate), continúa por el río Ízbor hasta su encuentro con el Gualdafeo en la presa de Rules. Aquí gira levemente a la izquierda, corona la Sierra de Lujar buscando los municipios de Lújar y Gualchos para terminar en Castell de Ferro. El oriental baja de la Sierra por Alboloduy, continúa por el río Nacimiento hasta su encuentro con el Andarax, cerca de Alhabia y Terque, Pasa por Alhama y asciende la sierra de Gádor buscando los municipios de Enix, Vícar y Puebla de Vícar. Finaliza en Roquetas de Mar.
La única línea oficialmente sancionada es la que marca las provincias de Granada y Almería. El único límite claramente definido que hay en la Alpujarra no la delimita sino que la divide. ¡Vaya por Dios! Una línea que parte arbitrariamente en dos la Alpujarra y que entorpece más que aclara la comprensión de nuestra comarca. No dudo de la buena intención y sensatas razones que llevaron a los políticos de la época isabelina, entre ellos el motrileño Javier de Burgos, a organizar el Reino de España en provincias con partidos judiciales, pero creo que fue una mala decisión para la comarca.
Citaré un ejemplo de los muchos que podrían reseñarse y que prolongarían en exceso este escrito. Si consultamos las noticias que se refieren a la Alpujarra en el periódico Ideal, veremos la diferencia entre leer la edición de Granada o la de Almería. Cada una habla de “su” Alpujarra: a la otra se le da escaso desarrollo, o directamente se la ignora. Y me refiero a una publicación muy popular que compran nuestros paisanos por tradición, que leen personas de diferentes credos, encontradas ideas o distintas profesiones.
No es hora de lamentaciones. Es mejor llevarlo con paciencia y resignación. Y evitar en lo posible tomar la parte por el todo. Cuando no haya más remedio, diremos a qué parte de la Alpujarra nos referimos, la granadina o la almeriense. Iniciativas como La Casa de la Alpujarra y los Festivales de Música Tradicional de La Alpujarra (y otras que el lector avisado conozca) ayudan a paliar el problema.
Gerald Brenan, y con esto finalizo y dejo en paz al lector, publicó un libro sobre la Alpujarra que se hizo muy popular. Un título sugestivo, acorde al contenido de la obra: Al sur de Granada. El peligro radica en que muchos lectores, de manera inconsciente, relacionan Granada y Alpujarra, quedando Almería en el olvido. Ligeramente modificado, este rótulo describe de forma escueta la situación y límites de la Alpujarra, de toda la Alpujarra. Una definición fácil de retener y asombrosamente precisa: Al sur de Sierra Nevada.
-¿Pues sabe lo que le digo? Que para llegar a esa conclusión no se necesitaban unas alforjas repletas de las anteriores divagaciones, citas de autores famosos y anécdotas personales que a nadie interesan.
-Lleva usted toda la razón, mi querido y sufrido paisano. Pero… qué quiere que le diga: le ponen a uno el palito de la Alpujarra y a ver el guapo que le impide dar el salto. Cuanto más lejos tienes la Alpujarra, tanto más cerca, más dentro la sientes.


viernes, 12 de enero de 2018

EL BUTE, El TÍO DEL SACO Y OTROS ASUSTANIÑOS O LA BUENA BOCA DEL ALPUJARREÑO.




Germán Acosta Estévez
Hace algún tiempo, asistía al convite de un bodorrio de compromiso allá por tierras de aulaga y bolinas. Terminado el segundo plato, uno de los camareros que retiraba el servicio se me acercó a la oreja y me alabó lo buen comensal que era, pues se había dado cuenta a lo largo de la velada que había rebañado mis platos hasta el punto de casi no necesitar del uso del lavavajillas. Ante tal aseveración, le dije, un poco con retranca, que tenía muy buena boca y que a mí me habían enseñado a no dejar nada de lo que se pusiera en la mesa; le señalé además que en mi tierra antaño era costumbre ir ligero de estómago a tan magnos acontecimientos. Obvié decirle, por supuesto, que no dar cuenta de aquellos selectos manjares era un sacrilegio, pues luego estos acabarían seguramente en el cubo de la basura, mientras algunas “criaturicas” pasaban tantas faltas y fatigas por no tener nada que llevarse a la boca. Ante tal respuesta, el buen hombre me miró, esbozó una media sonrisa y continuó su tarea.

Mientras tanto, sentada frente a mí y por parte del novio, una joven muchacha que aparentaba ser de familia bien por los ropajes y abalorios que gastaba, se esforzaba de forma ímproba en dar de comer uno de esos tarros de farmacia a una niña de año y medio más o menos, que apuntaba maneras de alto grado de consentimiento y tenía cara de “relamía”. Viendo que la cosa se alargaba en exceso y que su paciencia estaba a punto de agotarse, echó mano del Coco, ese personaje imaginario recurrente que ha acunado a tantos infantes asustados por el simple hecho de nombrarlo. Fue entonces cuando me vino de sopetón a la memoria el Bute de mi infancia, ese ser informe que significa el miedo a lo desconocido, tan presente entonces en el ideario alpujarreño de asustaniños y que obraba verdaderos milagros para abrir el apetito o llevar a la cama a los zagales desganados. Y me acordé de ciertas palabras de Lorca pronunciadas en una conferencia sobre las nanas infantiles:


Ya sabemos que a todos los niños de Europa se les asusta con el Coco de maneras diferentes. Con el Bute y la Marimanta andaluza, forma parte de ese raro mundo infantil, lleno de figuras sin dibujar, que se alzan como elefantes entre la graciosa fábula de espíritus caseros que todavía alientan en algunos rincones de España.



Hoy en día, afortunadamente, el Bute anda apuntado a las listas del SAE.

De vuelta de mis divagaciones, noté que la niña seguía en sus trece y a la madre estaba a punto de darle un “pitango”. En eso que entra en escena una de las cuñadas y empieza a recitar toda una experiencia de vida de cuando ella tenía que alimentar a su prole, lo que hizo exasperar aún más a la ya de por sí desencajada madre primeriza. Y de golpe y porrazo puso sobre la mesa a un pariente del Bute: el tío del saco, ese personaje que representa el miedo a ser separado de lo cercano, de lo que se ama. Pero lo más grave es que este personaje, por desgracia, se inspira en sucesos escabrosos y violentos que fueron reales y que muestran lo más vil de la naturaleza humana, amparada muchas veces en el primario instinto de supervivencia, como sucedió a principios del siglo XX en el municipio almeriense de Gádor.
                                                                     Fuente de la imagen: serpadreprimerizo.com/blog/
Francisco Ortega el Moruno era un enfermo de tuberculosis que buscaba desesperadamente una cura para su enfermedad y para ello acudió a la curandera Agustina Rodríguez, quien a su vez le envió al barbero y curandero Francisco Leona, sujeto que ya tenía antecedentes criminales, pero que gozaba de cierta protección caciquil del entorno. A cambio de 3000 de los antiguos reales, Leona le reveló que la cura de sus males acabaría si bebiese la sangre que emanara del cuerpo de un niño sano y se untarse en el pecho con sus vísceras o mantecas calientes. Leona y Julio Hernández el Tonto, hijo de la curandera Agustina, se ofrecieron a encontrar al niño. Y así fue como, en la tarde del 28 de junio de 1910, secuestraron a Bernardo González Parra, de siete años y natural de Rioja. Metiendo al rapaz en un saco en el que los criminales lo trasladaron hasta un cortijo aislado que Agustina tenía preparado. Una vez que todo estuvo dispuesto para tan macabro ritual se dio aviso al cliente apodado el Moruno y en llegado el enfermo al lugar indicado, a Bernardo se le hizo un corte en la axila, de la cual emanó la sangre que bebió el Moruno mezclada con azúcar, sin mostrar el más mínimo escrúpulo. Acto seguido, el versado curandero Leona lo mató aplastándole el cráneo con una piedra para, acto seguido, extraerle la grasa y el epiplón con el que hacer una especie de compresa para aplicar en el pecho de Francisco Ortega y curar así supuestamente su grave dolencia. Consumado el funesto crimen, ocultaron el cuerpo sin vida en una grieta, cubriéndolo con matojos, hierbas y piedras, pero sin enterrarlo.
Pero la cuñadísima no se detuvo ahí, sino que tiró de su repertorio nada pedagógico y ascendió un grado más en la escala de los asustaniños y sacó a colación al mantequero o sacamantecas, ese que representa el miedo a la muerte violenta. Y es que mantequeros ha habido varios a lo largo de nuestra historia relativamente reciente y diseminados por toda nuestra geografía. Uno de estos Sacamantecas fue un asesino en serie de Álava llamado Juan Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña quien, entre los años 1870 y 1879, asesinó y violó a seis mujeres de distintas edades, cuatro de ellas prostitutas, al parecer por pedirle demasiado dinero tras mantener relaciones sexuales. En 1872 mató a una criada de tan sólo 13 años a la que estranguló, violó y remató. Ese crimen conmocionó a Vitoria, y cuando sólo ocho días después, volvió a asesinar a una prostituta a la que violó, asfixió y abrió en canal para sacar sus vísceras, cundió el pánico en la ciudad.

Por mantequero también se tuvo a otro asesino en serie del siglo XIX: el gallego Manuel Blanco Romasanta, que creía que, por intervención de las caprichosas meigas, se había convertido en un hombre lobo y asesinaba a niños y mujeres para sacarles el sebo y después venderlo.

Andalucía, como no podía ser de otra forma, también cuenta con su particular caso tenebroso que sacude toda inocencia que cualquier leyenda que se precie pudiera contener. Ocurrió en Málaga en la noche del 7 de agosto de 1913 y fue conocido por el crimen del martinete: esa noche en la que el niño Manuel Sánchez, un jovenzuelo alegre y pícaro, jugaba en la calle como otro día cualquiera mientras sus padres regentaban el puesto ambulante que tenían frente al cine Pascualini. José González Tovar, alias El Moreno, degolló sin piedad al joven Manolito, aprovechando que el pequeño estaba solo. Y lo asesinó para conseguir su sangre: según la prensa de la época, un aristócrata esperaba en la zona, oculto en un carruaje negro para beberla, creyendo que así curaría su tuberculosis; los rumores apuntaron en ese momento a que el desconocido que hizo el encargo fue el torero Gómez Bailey.

Y es que ya sabemos que los niños tienen un enemigo real cuya maldad no tiene límites; el nombre con el que se le conoce popularmente es el de adulto.

Bueno va que nuestras abuelas y madres, apenas sabían leer o escribir; como mucho firmar, desconocedoras por tanto de cuentos infantiles que tuvieran enseñanzas más provechosas para reconducir al niño en su pelea con esa comida que no le entra por el ojo. Es probable que sus métodos en la actualidad serían refutados por eminentes y reputados psicólogos, si bien ahí siguen como parte de la tradición. Pero la dialéctica de las dos cuñadas en estos tiempos que corren, como que es puro anacronismo.

Y para rematar la faena entró en escena la suegra. Ni corta ni perezosa, maniató los brazos de la chiquilla entre sus axilas, mientras le pinzaba la nariz con los dedos, dejando su párvula boca abierta como un embudo. Al principio, la nenita comenzó a hacer aspavientos, diseminando con su boca el puré a modo de ventilador, pero viendo la firmeza de su abuela desistió y optó por apurar la oferta del día, quedándose con una carita circunspecta y de vencida. Fue entonces cuando doña Consuelo sentenció el episodio acontecido con aquellas lapidarias palabras:

_No vengas, Bute, que mi niña se lo ha comido todo.

Acabamos de pasar unas fechas señaladas donde las comilonas familiares y los ágapes con los compañeros de trabajo nos requieren para dar buena cuenta de las múltiples y elaboradas viandas que nos ponen por delante. De seguro que ustedes, que no tuvieron en su infancia y en sus humildes casas ningún tipo de capricho ni derroche culinario y que tienen, por tanto, buena boca, han dado cumplida cuenta de tan preciados manjares con fruición y sin la presión de que rondase por las mesas ninguno de los asustaniños de la infancia referidos: de sobra es conocida la tendencia del alpujarreño por el papeo que se pega al riñón y hace balate en las entrañas.

La cuesta de enero ya está aquí y, con ella, el propósito de enmienda: hay que liberar este cuerpo serrano de los chicharrones que se han agarrado a los costados y, dado que las vestimentas de hoy encogen por el simple placer de hacerte obeso y verte sufrir frente al espejo, he decidido ponerme a plan…Pero es que estoy viendo ahora mismo un pucherico de hinojos con su pringue, su morcilla y su espinazo que me incitan al pecado; mi amigo Pepe Álvarez amenaza con un empedrao para este sábado y, por si fuera poco, los troveros del Balate ya están hablando de unas migas con vinillo del terreno y su engañifa, y no sé si podré resistirme…Mejor lo dejamos para más adelante, cuando la primavera se vista de azahar.