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viernes, 12 de enero de 2018

EL BUTE, El TÍO DEL SACO Y OTROS ASUSTANIÑOS O LA BUENA BOCA DEL ALPUJARREÑO.




Germán Acosta Estévez
Hace algún tiempo, asistía al convite de un bodorrio de compromiso allá por tierras de aulaga y bolinas. Terminado el segundo plato, uno de los camareros que retiraba el servicio se me acercó a la oreja y me alabó lo buen comensal que era, pues se había dado cuenta a lo largo de la velada que había rebañado mis platos hasta el punto de casi no necesitar del uso del lavavajillas. Ante tal aseveración, le dije, un poco con retranca, que tenía muy buena boca y que a mí me habían enseñado a no dejar nada de lo que se pusiera en la mesa; le señalé además que en mi tierra antaño era costumbre ir ligero de estómago a tan magnos acontecimientos. Obvié decirle, por supuesto, que no dar cuenta de aquellos selectos manjares era un sacrilegio, pues luego estos acabarían seguramente en el cubo de la basura, mientras algunas “criaturicas” pasaban tantas faltas y fatigas por no tener nada que llevarse a la boca. Ante tal respuesta, el buen hombre me miró, esbozó una media sonrisa y continuó su tarea.

Mientras tanto, sentada frente a mí y por parte del novio, una joven muchacha que aparentaba ser de familia bien por los ropajes y abalorios que gastaba, se esforzaba de forma ímproba en dar de comer uno de esos tarros de farmacia a una niña de año y medio más o menos, que apuntaba maneras de alto grado de consentimiento y tenía cara de “relamía”. Viendo que la cosa se alargaba en exceso y que su paciencia estaba a punto de agotarse, echó mano del Coco, ese personaje imaginario recurrente que ha acunado a tantos infantes asustados por el simple hecho de nombrarlo. Fue entonces cuando me vino de sopetón a la memoria el Bute de mi infancia, ese ser informe que significa el miedo a lo desconocido, tan presente entonces en el ideario alpujarreño de asustaniños y que obraba verdaderos milagros para abrir el apetito o llevar a la cama a los zagales desganados. Y me acordé de ciertas palabras de Lorca pronunciadas en una conferencia sobre las nanas infantiles:


Ya sabemos que a todos los niños de Europa se les asusta con el Coco de maneras diferentes. Con el Bute y la Marimanta andaluza, forma parte de ese raro mundo infantil, lleno de figuras sin dibujar, que se alzan como elefantes entre la graciosa fábula de espíritus caseros que todavía alientan en algunos rincones de España.



Hoy en día, afortunadamente, el Bute anda apuntado a las listas del SAE.

De vuelta de mis divagaciones, noté que la niña seguía en sus trece y a la madre estaba a punto de darle un “pitango”. En eso que entra en escena una de las cuñadas y empieza a recitar toda una experiencia de vida de cuando ella tenía que alimentar a su prole, lo que hizo exasperar aún más a la ya de por sí desencajada madre primeriza. Y de golpe y porrazo puso sobre la mesa a un pariente del Bute: el tío del saco, ese personaje que representa el miedo a ser separado de lo cercano, de lo que se ama. Pero lo más grave es que este personaje, por desgracia, se inspira en sucesos escabrosos y violentos que fueron reales y que muestran lo más vil de la naturaleza humana, amparada muchas veces en el primario instinto de supervivencia, como sucedió a principios del siglo XX en el municipio almeriense de Gádor.
                                                                     Fuente de la imagen: serpadreprimerizo.com/blog/
Francisco Ortega el Moruno era un enfermo de tuberculosis que buscaba desesperadamente una cura para su enfermedad y para ello acudió a la curandera Agustina Rodríguez, quien a su vez le envió al barbero y curandero Francisco Leona, sujeto que ya tenía antecedentes criminales, pero que gozaba de cierta protección caciquil del entorno. A cambio de 3000 de los antiguos reales, Leona le reveló que la cura de sus males acabaría si bebiese la sangre que emanara del cuerpo de un niño sano y se untarse en el pecho con sus vísceras o mantecas calientes. Leona y Julio Hernández el Tonto, hijo de la curandera Agustina, se ofrecieron a encontrar al niño. Y así fue como, en la tarde del 28 de junio de 1910, secuestraron a Bernardo González Parra, de siete años y natural de Rioja. Metiendo al rapaz en un saco en el que los criminales lo trasladaron hasta un cortijo aislado que Agustina tenía preparado. Una vez que todo estuvo dispuesto para tan macabro ritual se dio aviso al cliente apodado el Moruno y en llegado el enfermo al lugar indicado, a Bernardo se le hizo un corte en la axila, de la cual emanó la sangre que bebió el Moruno mezclada con azúcar, sin mostrar el más mínimo escrúpulo. Acto seguido, el versado curandero Leona lo mató aplastándole el cráneo con una piedra para, acto seguido, extraerle la grasa y el epiplón con el que hacer una especie de compresa para aplicar en el pecho de Francisco Ortega y curar así supuestamente su grave dolencia. Consumado el funesto crimen, ocultaron el cuerpo sin vida en una grieta, cubriéndolo con matojos, hierbas y piedras, pero sin enterrarlo.
Pero la cuñadísima no se detuvo ahí, sino que tiró de su repertorio nada pedagógico y ascendió un grado más en la escala de los asustaniños y sacó a colación al mantequero o sacamantecas, ese que representa el miedo a la muerte violenta. Y es que mantequeros ha habido varios a lo largo de nuestra historia relativamente reciente y diseminados por toda nuestra geografía. Uno de estos Sacamantecas fue un asesino en serie de Álava llamado Juan Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña quien, entre los años 1870 y 1879, asesinó y violó a seis mujeres de distintas edades, cuatro de ellas prostitutas, al parecer por pedirle demasiado dinero tras mantener relaciones sexuales. En 1872 mató a una criada de tan sólo 13 años a la que estranguló, violó y remató. Ese crimen conmocionó a Vitoria, y cuando sólo ocho días después, volvió a asesinar a una prostituta a la que violó, asfixió y abrió en canal para sacar sus vísceras, cundió el pánico en la ciudad.

Por mantequero también se tuvo a otro asesino en serie del siglo XIX: el gallego Manuel Blanco Romasanta, que creía que, por intervención de las caprichosas meigas, se había convertido en un hombre lobo y asesinaba a niños y mujeres para sacarles el sebo y después venderlo.

Andalucía, como no podía ser de otra forma, también cuenta con su particular caso tenebroso que sacude toda inocencia que cualquier leyenda que se precie pudiera contener. Ocurrió en Málaga en la noche del 7 de agosto de 1913 y fue conocido por el crimen del martinete: esa noche en la que el niño Manuel Sánchez, un jovenzuelo alegre y pícaro, jugaba en la calle como otro día cualquiera mientras sus padres regentaban el puesto ambulante que tenían frente al cine Pascualini. José González Tovar, alias El Moreno, degolló sin piedad al joven Manolito, aprovechando que el pequeño estaba solo. Y lo asesinó para conseguir su sangre: según la prensa de la época, un aristócrata esperaba en la zona, oculto en un carruaje negro para beberla, creyendo que así curaría su tuberculosis; los rumores apuntaron en ese momento a que el desconocido que hizo el encargo fue el torero Gómez Bailey.

Y es que ya sabemos que los niños tienen un enemigo real cuya maldad no tiene límites; el nombre con el que se le conoce popularmente es el de adulto.

Bueno va que nuestras abuelas y madres, apenas sabían leer o escribir; como mucho firmar, desconocedoras por tanto de cuentos infantiles que tuvieran enseñanzas más provechosas para reconducir al niño en su pelea con esa comida que no le entra por el ojo. Es probable que sus métodos en la actualidad serían refutados por eminentes y reputados psicólogos, si bien ahí siguen como parte de la tradición. Pero la dialéctica de las dos cuñadas en estos tiempos que corren, como que es puro anacronismo.

Y para rematar la faena entró en escena la suegra. Ni corta ni perezosa, maniató los brazos de la chiquilla entre sus axilas, mientras le pinzaba la nariz con los dedos, dejando su párvula boca abierta como un embudo. Al principio, la nenita comenzó a hacer aspavientos, diseminando con su boca el puré a modo de ventilador, pero viendo la firmeza de su abuela desistió y optó por apurar la oferta del día, quedándose con una carita circunspecta y de vencida. Fue entonces cuando doña Consuelo sentenció el episodio acontecido con aquellas lapidarias palabras:

_No vengas, Bute, que mi niña se lo ha comido todo.

Acabamos de pasar unas fechas señaladas donde las comilonas familiares y los ágapes con los compañeros de trabajo nos requieren para dar buena cuenta de las múltiples y elaboradas viandas que nos ponen por delante. De seguro que ustedes, que no tuvieron en su infancia y en sus humildes casas ningún tipo de capricho ni derroche culinario y que tienen, por tanto, buena boca, han dado cumplida cuenta de tan preciados manjares con fruición y sin la presión de que rondase por las mesas ninguno de los asustaniños de la infancia referidos: de sobra es conocida la tendencia del alpujarreño por el papeo que se pega al riñón y hace balate en las entrañas.

La cuesta de enero ya está aquí y, con ella, el propósito de enmienda: hay que liberar este cuerpo serrano de los chicharrones que se han agarrado a los costados y, dado que las vestimentas de hoy encogen por el simple placer de hacerte obeso y verte sufrir frente al espejo, he decidido ponerme a plan…Pero es que estoy viendo ahora mismo un pucherico de hinojos con su pringue, su morcilla y su espinazo que me incitan al pecado; mi amigo Pepe Álvarez amenaza con un empedrao para este sábado y, por si fuera poco, los troveros del Balate ya están hablando de unas migas con vinillo del terreno y su engañifa, y no sé si podré resistirme…Mejor lo dejamos para más adelante, cuando la primavera se vista de azahar.


1 comentario:

  1. Excelente German.se me hace corto por lo ameno e ilustrativo.
    F. Gijon

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